Renacimiento y Karma

ganesha dios indio

El laberinto del Karma

  • Una visión lúcida de la reencarnación de la mano de lar teorías de Sri Arobindo.

Obviamente debemos dejar bien atrás la teoría corriente del karma y su superficial intento de justificar los procedimientos del Espíritu cósmico identificándolos erróneamente con unas ideas esquemáticas de ley y justicia, con los métodos rudimentarios y con frecuencia bárbaros y primitivos de recompensa y castigo, de incitación y disuasión, tan caros a la mente humana más elemental.

La acción de la Naturaleza se fundamenta en una verdad más auténtica y más espiritual, y sus movimientos no son tan mecánicamente calculables. No se trata de una ley ética, rígida y estrecha, establecida según un mezquino sistema humano de valores, ni de un método didáctico adecuado para el alma infantil basado en una combinación de golpes y de golosinas, ni de la rueda improductiva de una justicia cósmica brutal que se mueve automáticamente siguiendo las directrices de los juicios ignorantes de los hombres, de sus instintos y sus deseos terrenales.

La vida y el renacimiento no siguen estas construcciones artificiales, sino un movimiento espiritual e íntimamente ligado a las más profundas intenciones de la Naturaleza. Una Voluntad y Sabiduría cósmica que observa la marcha ascendente de la consciencia y la experiencia del alma a medida que ésta emerge de la Materia subconsciente y asciende hasta su propia luminosa divinidad, fija la norma y ensancha constantemente las vías de la ley, o, por mejor decir, puesto que ley es un concepto demasiado mecánico, de la verdad del karma.

Porque lo que entendemos por ley es un movimiento, una recurrencia específica e inmutablemente habitual en la Naturaleza, generadora de una secuencia determinada de cosas, y esta secuencia ha de ser clara, precisa, limitada a su fórmula e invariable. Si no es así, si su movimiento tiene excesiva flexibilidad, si interviene una variedad o un entrecruzamiento de acciones y de reacciones demasiado confuso, un sistema de fuerzas demasiado rico, la incompetencia estrecha e intransigente de nuestra inteligencia lógica no encuentra allí una ley, sino una incertidumbre y un caos.

Nuestra razón ha de tener la posibilidad de cortar, seccionar y elegir arbitrariamente las circunstancias que le convienen, de seleccionar constantes inmutables e interpretar la vida como si fuera un mecanismo y reducirla a su esqueleto; de no ser así, se queda boquiabierta, perdida, incapaz de pensar con precisión, o de actuar con eficacia en un ámbito de normas sutiles e indefinidas. Ha de tener licencia para actuar con la poderosa Naturaleza de la misma forma que lo hace con la sociedad humana, con la política, la ética y el comportamiento; pues sólo puede comprender y ejecutar un buen trabajo cuando se le permite elaborar y planificar sus propias leyes artificiales, erigir un sistema claro, preciso, rígido, infalible, y dejar tan poco espacio como sea posible a la in cesante flexibilidad, a la variedad y a la complejidad que desde el Infinito presionan sobre nuestra mente y nuestra vida. Movidos por esta necesidad intentamos establecer, para nuestras propias almas incluso para el Espíritu cósmico, una ley del karma tan única e inflexible como la que habríamos formulado si nos hubiera sido confiado el gobierno del mundo. No es este universo misterioso el que habríamos creado, sino un cosmos racional adaptado a nuestras exigencias, con una ley de acción simple y definida, y unas reglas empíricas, fáciles y claras para nuestra inteligencia limitada. Pero esta fuerza que denominamos karma se revela como un mecanismo cuya precisión e invariabilidad queda muy lejos de lo que esperábamos; es, más bien, un proceso que se desarrolla en numerosos planos, que cambia de rostro, de andadura y hasta de substancia a medida que asciende de un nivel a otro, e incluso en cada plano; y no es un movimiento único, sino un complejo in definible de numerosos movimientos en espiral que difícilmente podemos armonizar conjuntamente, porque no logramos descubrir la secreta armonía, desconocida para nosotros e inimaginable, que estos complejos procesos están erigiendo en el ámbito inmerso de las relaciones del alma con la Naturaleza.

No utilicemos, pues, el nombre de Ley para designar el Karma, sino, más bien, el de Verdad dinámica y multiforme de toda acción y de toda vida, el movimiento orgánico a través del cual se manifiesta aquí el Infinito. Así es como lo veían los antiguos pensadores antes de que fuera recortado y fragmentado por espíritus menos grandes y traducido a una fórmula popular tan fácil como equívoca. La acción del karma sigue e incorpora numerosas líneas potenciales del espíritu en su inmenso oleaje, múltiples olas y corrientes de fuerzas del mundo que se combinan y se enfrentan; es el proceso del Infinito creador; es el camino largo y polimorfo de la progresión del alma individual y del alma cósmica en la Naturaleza. Sus complejidades no pueden ser desentrañadas ni por nuestra mente física siempre enzarzada en las apariencias superficiales, ni por nuestra mente vital del deseo que avanza a trompicones entre las nubes de sus instintos, de sus deseos, de sus decisiones irreflexivas, a través del laberinto de esas miríadas de fuerzas favorables u opuestas que nos rodean, nos empujan, nos dirigen, nos obstaculizan, desde mundos visibles e invisibles. No puede ser, tampoco, el karma perfectamente clasificado, explica do, seccionado en compartimientos estancos, por medio de las delimitaciones características de nuestra inteligencia lógica en su inveterada búsqueda de dogmas claramente definidos. Lo que para nosotros es, actualmente, el obscuro jeroglífico del karma de la Naturaleza, sólo podrá ser descifrado el día en que nuestra consciencia ampliada tenga acceso a la forma supra mental de conocer.

El ojo supra mental puede abarcar cien movimientos convergentes y divergentes con una sola mirada, y envolver, en la inmensidad de su armonizadora visión de la Verdad, todo lo que para nuestras tres mentes es conflicto, oposición, colisión, contienda, de in numerables verdades y poderes enfrentados. La Verdad para la visión supra mental es, a la vez, una e infinita, y las complejidades de su acción sirven para poner de manifiesto, con una abundancia ilimitada de medios, la riqueza de contenidos de la proteica unidad del Eterno. vías del karma es mucho mayor de la que

La complejidad de las que hemos visto hasta ahora en las etapas de pensamiento hemos tenido que delimitar para poder llegar hasta las cimas don de estas vías convergen. Para facilitar las cosas a la mente, hemos hablado de ellas como si se localizaran en cuatro planos completamente separados, disponiendo cada uno de ellos de sus vías kármicas específicas: el plano físico, con su ley fija y la restitución fácilmente perceptible de nuestras energías; el plano de la vida, complejo, lleno de atractivas promesas y oscuras amenazas, de recompensas dudosas y peligrosas reacciones; el plano de la mente, con sus elevados absolutos, incisivos e inalcanzables, tan difíciles de encarnar por separado como de reconciliar y combinar en su conjunto; y el plano supra mental, donde se captan los absolutos de la Naturaleza, se ordenan sus relatividades en sus respectivos lugares, y se liberan y armonizan luminosamente todos los movimientos inferiores porque encuentran la razón interior y espiritual de su existencia. Esta división no es falsa en sí misma, pero su verdad está sujeta a dos condiciones capitales que le confieren una complejidad insospechada en la primera formulación, Estos cuatro niveles existen por encima de nuestra existencia humana y detrás de ella, pero allí cada plano contiene a los demás, aunque en cada uno de ellos los restantes estén sometidos a la ley dominante de este plano: la vida, por ejemplo, obedece en el plano mental a la ley de la mente y sus movimientos se convierten en instrumentos de la libre inteligencia.

El hombre, a su vez, existe, aquí, en el cuerpo y en el mundo físico; está más o menos abierto a los vastos movimientos de un plano vital, y a los libres procesos de un mundo mental, que son mucho más vastos y más libres en sus potencialidades que todo lo que aquí llamamos vida y mente, pero él no vive en esta libre luz mental o en esta vasta fuerza vital. Su misión es hacer descender y encarnar aquí abajo tanto cuanto de esa vida y de esa mente más grandes pueda ser precipitado en la materia, dotado de una forma, y organizado en el medio físico. A medida que asciende, se eleva, ciertamente, por encima de las vías físicas y vitales, y se introduce en las vías mentales superiores del karma, pero no puede dejarlas enteramente detrás de él. El santo, el intelectual, el hombre de ciencia, el pensador o el creador, el buscador de la belleza, el que persigue un absoluto mental, no es sólo eso; es también, aunque lo sea de forma menos exclusiva que otros, un hombre vital y físico; sujeto a los impulsos de la vida y el cuerpo, participa de los móviles vitales y físicos del karma y recibe la retribución compleja y entremezclada de estas energías. El objeto de su nacimiento no es el de vivir enteramente en la mente, pues está aquí para actuar, también, con la vida y la Materia, y para introducir, en la medida que pueda, una ley superior en la vida y en la Materia. Y como quiera que no es un ser mental en un mundo mental, no le resulta fácil -y en última instancia podemos sospechar que ni si quiera le es posible, imponer perfecta y enteramente la ley de los absolutos mentales-bien mental, belleza, amor, verdad y poder mentales a sus partes inferiores.

Tiene que tener en cuenta esta otra difícil verdad que la vida y la Materia tienen sus propios absolutos provistos de un idéntico derecho a la formulación y a la persistencia, y él ha de encontrar una luz, una verdad, un poder espiritual y supra mental que pueda asumir estos imperativos, en una medida no inferior a los de la mente, y armonizarlos e integrarlos en una grandiosa e integral transformación. Pero aquí, también, la dificultad radica en que, si el hombre no está abierto al mundo de la libre inteligencia, menos abierto está, todavía, a los más profundos y más vastos niveles espirituales y supra mentales. Ciertamente, pueden producírseles grandes descensos de luz, pureza, poder, amor, y deleite espiritual en la formula humana de la consciencia terrestre; pero el hombre, tal como ahora es, sólo puede retener una parte mínima de estas cosas, y no puede dar les una organización, una forma y una estructura material apropiadas en sus movimientos mentales, en su acción vital, o en su consciencia y su dinamismo físico y material. Cuando intenta alcanzar el absoluto del espíritu, se siente obligado a rechazar el cuerpo, a acallar la mente, y a retirarse de la vida. En esta urgente necesidad, en esta incapacidad de la mente, la vida y el cuerpo para retener el espíritu y responder a su llamada, radica la clave del ascetismo, la justificación filosófica del ilusionismo y la fuerza que mueve al anacoreta y al eremita, o, por el contrario, el hombre trata de espiritualizar la mente, la vida, y el cuerpo, se encuentra con que, a fin de cuentas, no ha conseguido más que hacer descender el espíritu a una formulación inferior que no puede manifestar toda su verdad, su pureza, y su poder. Habrá espiritualizado, en alguna medida, la mente, pero habrá mentalizado mucho más el espíritu, y mentalizar el espíritu es falsearlo y oscurecerlo o, al menos, diluir su verdad, aprisionar su fuerza, limitar y alterar sus potencialidades.

En una medida mucho menor habrá, quizás, espiritualizado su vida, pero habrá vitalizado mucho más el espíritu, y vitalizar el espíritu es degradarlo. Nunca, basta ahora, ha conseguido el hombre espiritualizar el cuerpo, todo lo más ha minimizado lo físico por una repulsa espiritual y la abstinencia, o ha hecho descender algunos poderes mentales y vitales “tomados erróneamente por espirituales” a su fuerza física y a su estructura física. Más que esto nunca ha sido conseguido en la historia de la Humanidad, en la medida que podemos conocerla, y si algo superior se alcanzó en alguna ocasión, fue como un logro transitorio procedente del superconsciente y que ha retornado a nuestra superconsciencia.

La razón oculta del fracaso del hombre a la hora de elevarse es la incapacidad radical de la mente y del cuerpo para organizar, de un modo integral, la verdad y el poder supremos del Espíritu. Y esta incapacidad existe porque la mente, la vida y la materia son, por su naturaleza, poderes disminuidos e imperfectos del infinito que deben ser transmutados en algo superior para poder evitar su pérdida de potencialidad y su imperfección; por su misma naturaleza constituyen un sistema de valores parciales y separados, que no pueden expresar o encarnar adecuadamente lo que es integral y unitario, un movimiento de múltiples vías divergentes que no se comprenden entre ellas o se comprenden mal, y que, en consecuencia, no pueden llegar por sí mismas a ninguna armonía, a ningún orden que no sea provisional, limitado e imperfecto. Hay, sin duda, un Infinito material, un Infinito vital, un Infinito mental, donde podemos sentir una perfección, un deleite, una armonía esencial, una plenitud, inexpresables, que, al experimentarlas, nos hacen ignorar las discordias, las imperfecciones, las oscuridades que vemos, e incluso llegamos a percibirlas como elementos de la perfección infinita. En otras palabras, el Espíritu, el Infinito, sostiene estos valores disminuidos y obtiene de ellos un cierto gozo de su manifestación, que es completo, a su manera, y, en cierto sentido, sin límites. Pero hay más, detrás y por encima, hay valores superiores y más infaliblemente armónicos, poderes verdaderamente perfectos del Espíritu, superiores a la mente, la vida y la materia; y estos poderes esperan el momento de expresarse, y sólo cuando lo hagan podremos aludir a este sistema de armonía a través de la discordia, de perfección en el todo que subsiste por la imperfección en el detalle. Y a medida que nos abramos a un conocimiento más grande, encontraremos que incluso las armo nías, perfecciones y estabilizaciones que las energías de la Mente, la Vida y la Materia, pueden lograr no dependen, realmente de su propio poder, inferior y delegado —que es, en el mejor de los casos, un instrumento más o menos ignorante, sino de un conocimiento y una fuerza de organización más profundos y más vastos de los que estas energías son derivaciones inadecuadas. Esta fuerza y este conocimiento son la voluntad y poder supra mental, dueño absoluto de sí, y la perfecta e ilimitada gnosis supra mental del Infinito. Es éste el que ha fijado las normas exactas de la materia, regula los instintos motores y los impulsos de la Vida, y mantiene reunidas las múltiples búsquedas de la mente; pero ninguna de esas cosas es ese Poder y esa Gnosis, y nada, por tanto, mental, vital, o físico, será definitivo, ni podrá siquiera encontrar su propia verdad y armonía integral, ni el conjunto de esas cosas su reconciliación, hasta que hayan sido ascendidas, transformadas y establecidas en una manifestación supra mental. Pues esta Supermente o Gnosis es la voluntad y el conocimiento organizador absoluto del espíritu, es la Consciencia-Verdad, la Fuerza-Verdad, la instrumentalización orgánica de la Ley divina, el ojo de la Visión divina que todo lo ve, la armonía del Ananda eterno, poseedor de una libertad absoluta de selección y de generación.

NACHO

Buscando darle un propósito a la vida, hallar un sentido más allá del sin-sentido y evolucionar conscientemente.

Tan sólo meditaciones.me